miércoles, 23 de octubre de 2019

Fragmento del relato "Sucesos de La Habana"


Aquel  atardecer del 22 de agosto me precipitaba apresuradamente por la Calle Obispo, hacia “La Floridita”, limpiando mi cara y mi boca, con mis manos y contra mi voluntad, de la mezcla de nuestra saliva y nuestro sudor  que unos segundos antes impregnaba mi piel tras habernos besado sin tregua, como si fuera, según dice el bolero, la última vez,¡Dios quiera que no lo sea!.

El me esperaba en “La Floridita”, con su daiquirí, ausente de mi mundo y confiado,  inmerso en la magia de aquella atmósfera de un mundo irreal, en el que los criollos se dedicaban a poner en práctica un ritual predeterminado y evocador de otros tiempos, de los que se dice Heminway era el protagonista.

El ambiente refrescante del aire acondicionado de lujo, en contra de la autenticidad de la decadencia que se pretendía reproducir, y que, eso si, se mezclaba con la verdadera, que si predominaba unas cuadras más arriba, en el “Guantalamera”, en el Parque Central o en la misma Habana vieja, facilitaba aquella ensoñación bolerística y de turista de pantalón corto.

Rosa Cervantes