Aquel
atardecer del 22 de agosto me precipitaba apresuradamente por la Calle
Obispo, hacia “La Floridita”, limpiando mi cara y mi boca, con mis manos y
contra mi voluntad, de la mezcla de nuestra saliva y nuestro sudor que unos segundos antes impregnaba mi piel
tras habernos besado sin tregua, como si fuera, según dice el bolero, la última
vez,¡Dios quiera que no lo sea!.
El me esperaba en “La Floridita”, con su
daiquirí, ausente de mi mundo y confiado,
inmerso en la magia de aquella atmósfera de un mundo irreal, en el que
los criollos se dedicaban a poner en práctica un ritual predeterminado y
evocador de otros tiempos, de los que se dice Heminway era el protagonista.
El ambiente refrescante del aire
acondicionado de lujo, en contra de la autenticidad de la decadencia que se
pretendía reproducir, y que, eso si, se mezclaba con la verdadera, que si
predominaba unas cuadras más arriba, en el “Guantalamera”, en el Parque Central
o en la misma Habana vieja, facilitaba aquella ensoñación bolerística y de
turista de pantalón corto.

